Pandelindio – Undisco

 

En 2012 Pan del Indio editó uno de los discos más interesantes del último lustro en Argentina en un pequeño sello español. ¿Alcanza un lustro para dimensionar el trabajo que ilustra estas líneas? Con total parsimonia, Federico Fossati (tal su nombre real) sopla sus flautas de pan y el espacio se congela. Difícilmente siga ensimismado a su identidad cotidiana luego de transcurridos algunos minutos: capaz de hechizar a la peor de las bestias, Federico recala en el drone como conjuro mágico. La repetición estable y profunda que el músico usa en sus composiciones provoca un poderoso efecto hipnótico que, lejos de adormecer o relajar, se hace carne. Teje, así como sus colegas de Ø+yn lo hacen con su “parafernalia” instrumental, un sonido que se cuela por los poros y puede perdurar hasta el infinito. Dispara, en su excursión musical, sensaciones dormidas — ¿desconocidas?— en el oyente que, seguramente, no conoce muchos artistas que fabriquen sus propios instrumentos y, lejos de experimentar con ellos —exprimirlos—, los reduzcan a su mínima expresión.

Pura materialidad entonces, Pan del Indio arma pasajes purgadores desde Quilmes —sur del conurbano bonaerense—: grabados el 12 de octubre “en una tarde de mucha lluvia”, los cinco tracks que iluminan su ópera prima titulada simplemente “Un disco” remiten a la Madre Tierra. Su poder ancestral se percibe de inmediato: en “Dos hindúes y un toba” se puede pensar en algún territorio alejado de la civilización —ligado a Oriente y la India—  donde el día puede ser una sucesión de estados de ánimo, un simple color que va graduando su tonalidad, al igual que las notas sostenidas que articulan el comienzo del disco. La pista que sigue, “La sombra asombra”, utiliza más timbres y varía levemente sobre sí misma; cautiva pero nunca se muerde la cola. “Llanto que purga” derriba el misticismo vacuo que los supersticiosos de la new age pueden endosarle. Hay dialéctica en su extensión, intensidad que aumenta a medida que se suman, restan o multiplican unos pocos sonidos al gemido de algún viento luthierano. Esta pista es junto a “Kombucha”, de mayor intensidad aún, un momento de clímax fugaz atemperado por la sugestiva danza para libélulas de “Paragua frutal”. El desafío es sentir con el cuerpo y… ¿el cerebro?

   Hay dialéctica, además, entre los rigurosos oídos occidentales y las válvulas de escape que Pan del Indio y otros combos similares muestran a su público. La psicodelia (en sentido amplio) ha germinado en diferentes partes del globo y abraza a la naturaleza en la cosmogonía de muchos actores. Una sensibilidad mucho más austera, nómade, beatnik, queda registrada en la obra de ciertos proyectos que representan una cura insustituible contra tanto vértigo rutinario. Buceadores de tradiciones remotas y culturas de pueblos originarios, estos “arqueólogos” musicales apelan, en mayor medida, al primitivismo como la forma más incontaminada para expresar el roce con el mundo. Algunos incluso convierten sus búsquedas en un estilo de vida: graban en cuevas, montañas o países lejanos. Tocan sentados en ronda o dispersos en el piso, descalzos y sin emitir palabra. Viajan y experimentan en comunión, entre pares. Se pierden para encontrarse. ¿Vislumbrarán el paraíso perdido?

   Como dato no menor, listar violines tobas y cajas tipo tamburas, entre otros, como instrumentos “no convencionales” que son ejecutados por Federico, y haciendo juego con el matiz marrón —terrenal— que impregna a la obra, destacar el arte del CD, artesanal y variable en la impresión de los discos, cuya estética remite a la madera. La tapa, ilustrada por una suerte de pulpo arborescente, destaca por el ojo captor que distingue al bichito. Indefectiblemente hay que citar a Pauline Oliveros y su escucha profunda (deep listening) para redondear la idea que subyace en “Un Disco”: el sentido múltiple de la experiencia auditiva que no se deja atrapar por la sordera sistémica que provoca lo pasajero (commercial garbage) es accesible a todo aquel que esté dispuesto a pagar el precio. Cuando se accede a tales “representaciones”, incluso lo más imperceptible puede sonar como un latigazo ante tanta calma.

   ¿Inquieta tanto minimalismo ritual?

Guillermo Ricci

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